Y es que extraño la paz y la claridad que tenía en esos meses, la nula preocupación de temas que antes ocupaban todo mi cuerpo pero es que no puedo ser tan indiferente.
Me duele el llanto de la gente, me duele el dolor de N pero es que vivimos tan lejos el uno del otro que solo me queda darle suaves caricias en su cabeza como si fuese mi niño por medio de letras inertes, me queda nomás ir a la playa y aprenderme el ritmo y los tiempos de las olas cada que revientan en la orilla para luego repetir la acción automática de la que soy observadora muda, me queda nomás el hilar futuros cercanos porque quiero viajar y concretar cosas pero los destinos no siempre calzan, los planes a veces vuelan solos sin que te de tiempo de sostenerlo en manos y así, miro como se pasa la vida en abrir y cerrar de dos ojos mutilados.
La bendita palabra mañana o el clicheado ayer me hacen desvariar, toca seguir esperando lo que vengo esperando ya ni sé desde cuando, pero ojalá que el sol siga pintandome bonito en las medias tardes para continuar echándole esperanzas, esas que a veces voy regalandole a la gente.